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Si
Armilla es así por incompleta o por haber sido demolida, si hay
detrás un hechizo o sólo un capricho, lo ignoro. El hecho
es que no tiene paredes, ni techos, ni pavimentos: no tiene nada que
la haga parecer una ciudad, excepto las cañerías del agua,
que suben verticales donde deberían estar las casas y se ramifican
donde deberían estar los pisos: una selva de caños que
terminan en grifos, duchas, sifones, rebosaderos. Contra el cielo blanquea
algún lavabo o bañera u otro artefacto, como frutos tardíos
que han quedado colgados de las ramas. Se diría que los fontaneros
han terminado su trabajo y se han ido
antes de que llegaran los albañiles; o bien que sus instalaciones
indestructibles han resistido a una catástrofe, terremoto o corrosión
de termitas. Abandonada antes o después de haber sido habitada,
no se puede decir que Armilla esté desierta. A cualquier hora,
alzando los ojos entre las cañerías, no es raro entrever
una o muchas mujeres jóvenes, espigadas, de no mucha estatura,
que retozan en las bañeras, se arquean bajo las duchas suspendidas
sobre el vacío, hacen abluciones, o se secan, o se perfuman,
o se peinan los largos cabellos delante del espejo. En el sol brillan
los hilos de agua
que se proyectan en abanico desde las duchas, los chorros de los grifos,
los surtidores, las salpicaduras, la espuma de las esponjas.
La explicación a que he llegado es esta: de los cursos de agua
canalizados en las canteras de Armilla han quedado dueñas ninfas
y náyades. Habituadas a remontar las venas subterráneas,
les ha sido fácil avanzar en su nuevo reino acuático,
manar de fuentes multiplicadas, encontrar nuevos espejos, nuevos juegos,
nuevos modos de gozar el agua. Puede ser que su invasión haya
expulsado a los hombres, o puede ser que Armilla haya sido construida
por los hombres como un don votivo para congraciarse con las ninfas
ofendidas por la manumision de las aguas. En todo caso, ahora parecen
contentas esas mujercitas: por la mañana se las oye cantar.
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