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No
es feliz la vida en Raissa. Por las calles la gente camina torciéndose
las manos, impreca a los niños que lloran, se apoya en los parapetos
del río con las sienes entre los puños, por la mañana
despierta de un mal sueno y empieza otro. En los talleres donde uno
se aplasta en todo momento los dedos con el martillo o se pincha con
la aguja, o en las columnas de números torcidas de los negociantes
y los banqueros, o delante de las filas de vasos sobre el estaño
de las tabernas, menos mal que las cabezas agachadas te ahorran miradas
torvas. Dentro de las casas es peor, y no hay que entrar para saberlo:
en verano las ventanas aturden con peleas y platos rotos.
Y sin embargo, en Raissa hay a cada momento un niño que desde
una ventana ríe a un perro que ha saltado sobre un cobertizo
para morder un pedazo de polenta que ha dejado caer un albañil
que desde lo alto del andamio exclama: -¡Prenda mía, déjame
probar!- a una joven posadera que levanta un plato de estofado bajo
la pérgola, contenta de servir al paragüero que celebra
un buen negocio, una sombrilla de encaje blanco comprada por una gran
dama para pavonearse en las carreras, enamorada de un oficial que le
ha sonreído al saltar el ultimo seto, feliz el pero más
feliz todavía su caballo que volaba
sobre los obstáculos viendo volar en el cielo a un francolín,
pájaro feliz liberado de la jaula por un pintor feliz de haberlo
pintado pluma por pluma salpicado de rojo y de amarillo en la miniatura
de aquel libro en que el filosofo dice: -También en
Raissa, ciudad triste, corre un hilo invisible que enlaza por un instante
un ser viviente a otro y se destruye, luego vuelve a tenderse entre
puntos en movimiento dibujando nuevas, rápidas figuras de modo
que a cada segundo la ciudad infeliz contiene una ciudad feliz que ni
siquiera sabe que existe".
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